Una deuda histórica con la educación rural
Cuando el reloj apenas marca las 4 de la madrugada, miles de niños colombianos ya están despiertos, mientras en las ciudades muchos estudiantes aún duermen esperando seguramente su transporte escolar a que pase por ellos o que sus padres los acompañen hasta el colegio, en los campos del país comienza una larga travesía para que estos pequeños puedan llegar hasta esos centros de educación rural.
Pueden pasar una, dos, tres, hasta cuatro horas y quizás muchas más para que puedan alcanzar el inicio de la jornada. Algunos cruzan ríos en barcas, en canoas, otros atraviesan puentes resquebrajados.
Otros se ponen botas para atravesar los campos y las trochas de nuestro país, de nuestra zona rural, atravesar esos caminos llenos de barro. Otros se montan en las mulas o en los caballos. Uno que otro podrá llegar en una bicicleta destartalada.
Otro tendrá que emprender el camino a pie para poder alcanzar el aula de clases. Todos estos niños, niñas y jóvenes de la ruralidad colombiana tienen que caminar por vastos caminos de nuestra geografía para llegar a una escuela donde en ocasiones un solo docente atiende todos los grados.
Esa es la otra cara de la educación de nuestro país, la educación rural. La educación que en Colombia sigue teniendo falencias, la educación a la que tantos gobiernos le deben tanto en recursos, en infraestructura y en calidad educativa. Porque esta, la educación rural, es la mayor deuda social e histórica del Estado colombiano.
La brecha entre la educación urbana y la educación rural no solo se mide por la distancia gráfica que hay entre una casa y un establecimiento educativo.
Esta brecha también se mide y se refleja en las oportunidades, en la calidad del aprendizaje, en el acceso a internet, a la conectividad, en la infraestructura, en la permanencia escolar y sobre todo en las posibilidades que tiene un niño campesino de construir un proyecto de vida sin abandonar su territorio. Sin que la deserción toque las puertas de la escuela y las puertas de los hogares campesinos.
Diversos estudios en nuestro país advierten que la inasistencia escolar en las zonas rurales supera ampliamente la registrada en los sectores urbanos y que apenas una fracción de los jóvenes logra culminar la educación media.
Situación que limita a su vez el acceso a la educación superior y al empleo formal. En nuestro país, por ejemplo, se habla de que las 55 mil sedes educativas que tiene el territorio nacional, el 67% se encuentran ubicadas en la zona rural y de ese 67%, el 98% son escuelas públicas.
En Antioquia, por ejemplo, hay un 47% de estudiantes de básica primaria de la ruralidad que se encuentran matriculados. Pero el dato más triste es que solo el 14% de los estudiantes de la básica media, es decir, de los grados décimo y 11 están matriculados.
Hay una deserción altísima en el territorio antioqueño, pero también en el territorio colombiano. Pues solo el 1,8% de la población rural de nuestro departamento cuenta con un título universitario frente al 11,8% de la población urbana de todo Antioquia.
Para la directiva docente Diana Isabel Puerta Valderrama, rectora en el municipio de Urrao, al suroeste de Antioquia y que tiene a su cargo más de 30 sedes rurales, las brechas educativas en el departamento siguen caminando.
por el mismo bando, deserción escolar, infraestructura no adecuada, falta de oportunidades en acceso a la conectividad, temas de transporte escolar pero también temas de alimentación escolar. Las condiciones geográficas impiden en ocasiones que se puedan llevar a cabo todas las actividades, todos los cronogramas que se plantean desde el inicio de año.
Para la rectora Diana Isabel estas son esas situaciones que vive la ruralidad dispersa de su territorio Urrao.
“Bueno, históricamente la educación rural ha tenido múltiples brechas que han acentuado que hoy por hoy si bien se han generado procesos donde se ha invertido en dotación deportiva, se han implementado jornadas complementarias, se ha priorizado la primera infancia, todavía persisten diferentes factores que no se tienen en cuenta a la hora de planificar estos procesos, es decir, nosotros como directivos docentes tenemos que enfrentarnos a una situación particular y es si bien nos llega el material a la zona urbana, nosotros tenemos que pensarnos el cómo va a llegar este material, de qué manera nos juntamos con la comunidad para que sean ellos los que también nos ayuden y de manera corresponsable se pueda llevar a feliz término este proceso.
Entonces, nosotros tenemos que pensar en que hay que buscar el transporte en escalera, luego el transporte mular o el transporte en champa y este material pues se enfrenta a múltiples fenómenos geográficos y climáticos, pérdida de cargas, se puede mojar el material, se puede golpear el material y cuando llega a las escuelas nos enfrentamos a un segundo reto y es el estado de la infraestructura educativa, es decir, tenemos escuelas que aún tienen sus techos en palma y esos techos se encuentran en muy mal estado, están hechas de madera, no tenemos el agua potable, la electricidad.