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LA ESCUELA OCULTA – OPINIONES

“Bueno, históricamente la educación rural ha tenido múltiples brechas que han acentuado que hoy por hoy si bien se han generado procesos donde se ha invertido en dotación deportiva, se han implementado jornadas complementarias, se ha priorizado la primera infancia, todavía persisten diferentes factores que no se tienen en cuenta a la hora de planificar estos procesos, es decir, nosotros como directivos docentes tenemos que enfrentarnos a una situación particular y es si bien nos llega el material a la zona urbana, nosotros tenemos que pensarnos el cómo va a llegar este material, de qué manera nos juntamos con la comunidad para que sean ellos los que también nos ayuden y de manera corresponsable se pueda llevar a feliz término este proceso.

Entonces, nosotros tenemos que pensar en que hay que buscar el transporte en escalera, luego el transporte mular o el transporte en champa y este material pues se enfrenta a múltiples fenómenos geográficos y climáticos, pérdida de cargas, se puede mojar el material, se puede golpear el material y cuando llega a las escuelas nos enfrentamos a un segundo reto y es el estado de la infraestructura educativa, es decir, tenemos escuelas que aún tienen sus techos en palma y esos techos se encuentran en muy mal estado, están hechas de madera, no tenemos el agua potable, la electricidad.

Entonces, preservar el material se convierte en un reto más porque hay roedores, porque hay carcoma y eso hace que pensemos en estrategias para que este material no se nos dañe con la humedad y que podamos dar una educación de calidad. Todos estos son retos y son preguntas que se hace uno permanentemente y es cómo se da este proceso. Eso en los términos del material educativo y en las dotaciones que llegan.

Un segundo momento sería la formación docente. En el caso de las comunidades indígenas y afros, sabemos bien que hay unas brechas históricas en formación, en manejo de un segundo idioma, que es el español, en acceso a formación universitaria y posgradual.

Entonces, nuestros docentes en territorio también se ven sujetos a múltiples factores que van ligados a estas brechas y es que a veces generar el proceso de asistir a un evento implica un desplazamiento de 2 o 3 días donde de verdad ellos tienen que asumir los costos en la mayoría de las ocasiones y esto hace que esos espacios de formación sean difíciles de llevar a cabo, sean costosos y que además el ejercicio de que ellos puedan seguir educándose se vuelva un reto porque en estas comunidades lejanas no se cuenta con el internet, con la electricidad y con las condiciones para que ellos puedan salir todo el tiempo.

Entonces, eso hace que de pronto se tenga esta problemática y es que ellos no pueden acceder a formación continua. Un tercer momento está relacionado con las necesidades y las carencias económicas que tienen nuestras familias campesinas indígenas y afros, y es que ellos viven constantemente buscando la manera de pervivir y de sustentar a sus familias.

Entonces, muchas veces los hijos, en especial los hombres, tienen que asumir labores del campo, tienen que ir a pescar, tienen que ir a coger la mancha, etcétera, y a veces tienen que ausentarse del aula. También cuando se tienen temporadas de lluvia, los estudiantes no pueden ir porque al tener que recorrer grandes distancias y tener que cruzar varias veces ríos y quebradas, se vuelve un riesgo inminente para los niños.

Otro de los aspectos es que las niñas también a temprana edad inician su proceso maternar, entonces se salen de estudiar para poder asumir sus obligaciones y esto a veces ha sido un proceso de concientización sobre todo con las comunidades indígenas, generando una brecha entre los hombres y las mujeres porque vemos que es muy poco el liderazgo femenino que se logra llevar a cabo de manera efectiva porque las mujeres no tienen un rol preponderante dentro de la toma de decisiones en las comunidades.

Si bien son una cuota política o son una cuota de género, a veces no toman decisiones, entonces ese es un reto fuerte al que nos tenemos que enfrentar. Para terminar, pensaría que también está el que a veces no se tienen como una cultura del estudio, los padres son analfabetas y eso hace que los niños no le vean la importancia a estudiar.

Entonces, también hay que llenar de significado la capacidad de aprender y que ellos puedan acceder a la educación superior o que puedan acceder a cursos cortos que sean útiles en el contexto porque no es fácil que ellos salgan a las grandes urbes también para que sostengan sus ejercicios de estudiar.

Entonces, son múltiples retos en la ruralidad, pero creo que tenemos que ir uno a uno y de manera mancomunada cerrando estas brechas históricas, pues solo la educación y la verdadera intención de llevar a estas comunidades alejadas este conocimiento, este esa práctica educativa va a ser que nuestros niños y niñas logren avanzar y se puedan generar otros procesos de pensamiento crítico”.

“La brecha que existe entre lo urbano y lo rural se debe mirar de diferentes aristas o de diferentes posiciones. Una es teniendo en cuenta el acceso a la educación, el de la zona urbana a veces tiene dificultades para acceder porque los cupos no son tantos frente a la demanda que hay de estudiantes.

Y lo segundo, en otro aspecto es las posibilidades y oportunidades que tiene el de la zona urbana frente a la zona rural. Un ejemplo en cuanto a la tecnología, a las aulas, al mejoramiento de la infraestructura educativa le va a mejorar de la zona urbana.

Porque el Estado, llámese nación, llámese departamento, municipios, a veces se olvida un poco de la infraestructura educativa rural y no le presta mucha atención. En unas oportunidades porque algunas escuelas fueron construidas inclusive por la misma comunidad y no por el Estado.

Fueron construidas en territorios que concedió, cedió, regaló un señor que tenía territorios en la parte rural, pero en la parte urbana, la gente presiona para que le hagan las mejoras, porque el recurso que llega por gratuidad educativa alcanza más en un colegio urbano que tiene 1000, 2000 estudiantes o tiene 800 frente al recurso que puede llegar a una escuela rural que tiene 20 alumnos.

Otra de las brechas que insisten es la permanencia del docente, o sea, la estabilidad del docente en la zona urbana es más o es mejor que el de la zona rural. En la zona rural a veces se puede demorar uno o dos meses sin llegar un maestro.

Y para la misma comunidad rural llegar hasta la zona urbana, a hacer reclamaciones, a escribir, a montar derechos de petición, tutelas, le es más complejo que al de la zona urbana. En la zona urbana el profesor que está enfermo y la gente una vez pega el grito porque le hace falta el docente al estudiante y llega, lo mismo con la situación de mobiliarios.

Los mobiliarios de la zona rural a veces son pupitres que los mismos padres de familia hacen. Y es muy demorado entregar una dotación a la zona rural. Entonces, en la zona urbana tienen muchas facilidades a veces del acceso a un televisor, el acceso a internet, etc.

Entonces, el estudiante que está en la zona urbana tiene todas esas otras posibilidades de tener una conexión a internet, llevar un portátil, llevar una tablet, llevar el celular y mantenerse conectado, mientras que el de la zona rural pocón pocón, entonces, situaciones como esas son las que limitan y permiten decir hoy que sigue habiendo una brecha entre el estudiante que está en la zona urbana frente al estudiante que está en la zona rural.

El morral no está cargado de la misma manera. A veces inclusive hasta el PAE para que llegue a la zona rural son inclemencias. Hay que llevarlo en un carro hasta tal parte, luego en una lancha, después camino de herradura o lo contrario.

O en la embarcación, o el móvil que la lleva hasta la orilla de una montaña donde la cogen en un caballo y luego ese caballo la deja hasta la orilla de un río para que de ahí la lleven en canoa. Entonces son las dificultades que se presentan hoy frente a los estudiantes que están en la zona rural y los estudiantes que están en la zona urbana. Y no solamente los estudiantes, sino hasta el mismo docente. El mismo docente que está en la zona rural a veces no sale de la zona rural a la urbana cuando quiere o cuando debe, sino cuando las inclemencias del tiempo así se lo permiten”.

Aylem Milena Cadavid – Directora de educación del municipio de Puerto Nare

“Pues constantemente o a menudo siempre me preguntan lo mismo, dónde está el verdadero hueco, que yo no lo llamo brecha sino hueco, entre la educación rural y la urbana. Pues yo sí le diría que más allá de los indicadores y las cifras que manejamos digamos en la Dirección de Educación, creo que ese hueco, esa brecha se siente es en el día a día, en la vida de los estudiantes y sus familias.

Lo que yo veo, lo que yo noto desde mi rol es el sentido de pertenencia y voy a hacer una comparación hablando de lo urbano más que todo me voy a basar es como en la ciudad. En la ciudad los chicos digamos sienten que el colegio los prepara para un futuro que ven todos los días alrededor, en el campo a veces parece que la escuela vive en un mundo paralelo.

Yo siento en lo personal que no les estamos enseñando para que amen y potencien su propio territorio, sino que quizás sin querer los estamos empujando a pensar para que ellos sean alguien y que tengan que irse a la ciudad. Ahora bien, es también la soledad del docente.

Yo como docente no sé por qué por estas cosas de la vida Dios nunca me puso en el área rural, que de alguna manera siento pasión, ganas y envidia también de alguna vez estar en la parte rural. Yo valoro profundamente a los maestros rurales.

Ellos hacen magia con los recursos mínimos, mientras que en lo urbano el profe tiene más apoyo, más pares con quién discutir una idea y mayor cercanía a capacitación. En lo rural el docente muchas veces se siente solo, y esa falta de apoyo termina digámoslo así, pesándole al estudiante.

La brecha digamos de las oportunidades reales, todo esto es frustrante ver que de pronto por vivir lejos de un centro urbano un joven pierda oportunidades de educación superior o técnica, simplemente por el costo del transporte o por falta de una oferta cercana. Además, no es la falta de talento, es falta de acceso y eso es algo que nos tiene que doler

Ahora bien, la conectividad no es solo internet, no es solo poner computadores y tener buena señal. La brecha es que en la ciudad los chicos están bombardeados de estímulos y recursos, mientras que en lo rural la educación depende casi exclusivamente de lo que pasa dentro del aula.

Si el profe por decir, llegara a fallar, no hay recursos, no hay un plan B alrededor. Mientras que en la ciudad o en lo urbano tenemos más posibilidades de todo, haciendo pues como como una comparación, que suelen ser odiosas las comparaciones.

Yo sí tengo algo muy claro y en lo personal, yo no quiero urbanizar lo rural, porque el campo es nuestra fuerza. La meta no es que el chico de la vereda quiera ser como el de la ciudad, ni mucho menos, obvio. Quisiera que los chicos tuvieran las mismas oportunidades para brillar en su propia tierra.

Y le cuento pues algo así como muy personal, mi sueño como directora es que la escuela sea ese lugar donde ellos descubran que tienen todo para triunfar, que se sientan valorados y que al final se sientan profundamente orgullosos de lo que son y de dónde vienen”.

 

LA ESCUELA OCULTA -BLOG

Una deuda histórica con la educación rural

Cuando el reloj apenas marca las 4 de la madrugada, miles de niños colombianos ya están despiertos, mientras en las ciudades muchos estudiantes aún duermen esperando seguramente su transporte escolar a que pase por ellos o que sus padres los acompañen hasta el colegio, en los campos del país comienza una larga travesía para que estos pequeños puedan llegar hasta esos centros de educación rural.

Pueden pasar una, dos, tres, hasta cuatro horas y quizás muchas más para que puedan alcanzar el inicio de la jornada. Algunos cruzan ríos en barcas, en canoas, otros atraviesan puentes resquebrajados.

Otros se ponen botas para atravesar los campos y las trochas de nuestro país, de nuestra zona rural, atravesar esos caminos llenos de barro. Otros se montan en las mulas o en los caballos. Uno que otro podrá llegar en una bicicleta destartalada.

Otro tendrá que emprender el camino a pie para poder alcanzar el aula de clases. Todos estos niños, niñas y jóvenes de la ruralidad colombiana tienen que caminar por vastos caminos de nuestra geografía para llegar a una escuela donde en ocasiones un solo docente atiende todos los grados.

Esa es la otra cara de la educación de nuestro país, la educación rural. La educación que en Colombia sigue teniendo falencias, la educación a la que tantos gobiernos le deben tanto en recursos, en infraestructura y en calidad educativa. Porque esta, la educación rural, es la mayor deuda social e histórica del Estado colombiano.

La brecha entre la educación urbana y la educación rural no solo se mide por la distancia gráfica que hay entre una casa y un establecimiento educativo.

Esta brecha también se mide y se refleja en las oportunidades, en la calidad del aprendizaje, en el acceso a internet, a la conectividad, en la infraestructura, en la permanencia escolar y sobre todo en las posibilidades que tiene un niño campesino de construir un proyecto de vida sin abandonar su territorio. Sin que la deserción toque las puertas de la escuela y las puertas de los hogares campesinos.

Diversos estudios en nuestro país advierten que la inasistencia escolar en las zonas rurales supera ampliamente la registrada en los sectores urbanos y que apenas una fracción de los jóvenes logra culminar la educación media.

Situación que limita a su vez el acceso a la educación superior y al empleo formal. En nuestro país, por ejemplo, se habla de que las 55 mil sedes educativas que tiene el territorio nacional, el 67% se encuentran ubicadas en la zona rural y de ese 67%, el 98% son escuelas públicas.

En Antioquia, por ejemplo, hay un 47% de estudiantes de básica primaria de la ruralidad que se encuentran matriculados. Pero el dato más triste es que solo el 14% de los estudiantes de la básica media, es decir, de los grados décimo y 11 están matriculados.

Hay una deserción altísima en el territorio antioqueño, pero también en el territorio colombiano. Pues solo el 1,8% de la población rural de nuestro departamento cuenta con un título universitario frente al 11,8% de la población urbana de todo Antioquia.

Para la directiva docente Diana Isabel Puerta Valderrama, rectora en el municipio de Urrao, al suroeste de Antioquia y que tiene a su cargo más de 30 sedes rurales, las brechas educativas en el departamento siguen caminando.

por el mismo bando, deserción escolar, infraestructura no adecuada, falta de oportunidades en acceso a la conectividad, temas de transporte escolar pero también temas de alimentación escolar. Las condiciones geográficas impiden en ocasiones que se puedan llevar a cabo todas las actividades, todos los cronogramas que se plantean desde el inicio de año.

Para la rectora Diana Isabel estas son esas situaciones que vive la ruralidad dispersa de su territorio Urrao.

“Bueno, históricamente la educación rural ha tenido múltiples brechas que han acentuado que hoy por hoy si bien se han generado procesos donde se ha invertido en dotación deportiva, se han implementado jornadas complementarias, se ha priorizado la primera infancia, todavía persisten diferentes factores que no se tienen en cuenta a la hora de planificar estos procesos, es decir, nosotros como directivos docentes tenemos que enfrentarnos a una situación particular y es si bien nos llega el material a la zona urbana, nosotros tenemos que pensarnos el cómo va a llegar este material, de qué manera nos juntamos con la comunidad para que sean ellos los que también nos ayuden y de manera corresponsable se pueda llevar a feliz término este proceso.

Entonces, nosotros tenemos que pensar en que hay que buscar el transporte en escalera, luego el transporte mular o el transporte en champa y este material pues se enfrenta a múltiples fenómenos geográficos y climáticos, pérdida de cargas, se puede mojar el material, se puede golpear el material y cuando llega a las escuelas nos enfrentamos a un segundo reto y es el estado de la infraestructura educativa, es decir, tenemos escuelas que aún tienen sus techos en palma y esos techos se encuentran en muy mal estado, están hechas de madera, no tenemos el agua potable, la electricidad.

Entonces, preservar el material se convierte en un reto más porque hay roedores, porque hay carcoma y eso hace que pensemos en estrategias para que este material no se nos dañe con la humedad y que podamos dar una educación de calidad. Todos estos son retos y son preguntas que se hace uno permanentemente y es cómo se da este proceso. Eso en los términos del material educativo y en las dotaciones que llegan.

Un segundo momento sería la formación docente. En el caso de las comunidades indígenas y afros, sabemos bien que hay unas brechas históricas en formación, en manejo de un segundo idioma, que es el español, en acceso a formación universitaria y posgradual.

Entonces, nuestros docentes en territorio también se ven sujetos a múltiples factores que van ligados a estas brechas y es que a veces generar el proceso de asistir a un evento implica un desplazamiento de 2 o 3 días donde de verdad ellos tienen que asumir los costos en la mayoría de las ocasiones y esto hace que esos espacios de formación sean difíciles de llevar a cabo, sean costosos y que además el ejercicio de que ellos puedan seguir educándose se vuelva un reto porque en estas comunidades lejanas no se cuenta con el internet, con la electricidad y con las condiciones para que ellos puedan salir todo el tiempo.

Entonces, eso hace que de pronto se tenga esta problemática y es que ellos no pueden acceder a formación continua. Un tercer momento está relacionado con las necesidades y las carencias económicas que tienen nuestras familias campesinas indígenas y afros, y es que ellos viven constantemente buscando la manera de pervivir y de sustentar a sus familias.

Entonces, muchas veces los hijos, en especial los hombres, tienen que asumir labores del campo, tienen que ir a pescar, tienen que ir a coger la mancha, etcétera, y a veces tienen que ausentarse del aula. También cuando se tienen temporadas de lluvia, los estudiantes no pueden ir porque al tener que recorrer grandes distancias y tener que cruzar varias veces ríos y quebradas, se vuelve un riesgo inminente para los niños.

Otro de los aspectos es que las niñas también a temprana edad inician su proceso maternar, entonces se salen de estudiar para poder asumir sus obligaciones y esto a veces ha sido un proceso de concientización sobre todo con las comunidades indígenas, generando una brecha entre los hombres y las mujeres porque vemos que es muy poco el liderazgo femenino que se logra llevar a cabo de manera efectiva porque las mujeres no tienen un rol preponderante dentro de la toma de decisiones en las comunidades.

Si bien son una cuota política o son una cuota de género, a veces no toman decisiones, entonces ese es un reto fuerte al que nos tenemos que enfrentar. Para terminar, pensaría que también está el que a veces no se tienen como una cultura del estudio, los padres son analfabetas y eso hace que los niños no le vean la importancia a estudiar.

Entonces, también hay que llenar de significado la capacidad de aprender y que ellos puedan acceder a la educación superior o que puedan acceder a cursos cortos que sean útiles en el contexto porque no es fácil que ellos salgan a las grandes urbes también para que sostengan sus ejercicios de estudiar.

Entonces, son múltiples retos en la ruralidad, pero creo que tenemos que ir uno a uno y de manera mancomunada cerrando estas brechas históricas, pues solo la educación y la verdadera intención de llevar a estas comunidades alejadas este conocimiento, este esa práctica educativa va a ser que nuestros niños y niñas logren avanzar y se puedan generar otros procesos de pensamiento crítico”.

Como lo asegura la directiva docente, rectora en el municipio de Urrao, la situación de la brecha que existe entre la educación rural y la educación urbana sigue siendo amplia, por más que se intente llevar paños de agua tibia como dijéramos en Antioquia, el trabajo, el recurso, la planeación y todo lo que necesita la educación rural por parte del Estado sigue quedando corto.

Además, en muchas regiones el conflicto armado sigue siendo ese obstáculo silencioso. Las amenazas de grupos ilegales, el reclutamiento forzado de menores, la presencia de minas antipersonal y los constantes desplazamientos han obligado a miles de familias a abandonar sus hogares. Cuando una comunidad se desplaza, también se interrumpe el proceso educativo.

Los niños cambian de escuela, pierden continuidad académica o simplemente dejan de estudiar para ayudar a sus familias a sobrevivir. A ellos se suman las economías ilegales y el trabajo infantil que en algunas zonas termina reemplazando el pupitre por la jornada laboral en cultivos o actividades informales.

La infraestructura educativa continúa siendo otro de los grandes desafíos, mientras muchos colegios urbanos cuentan con laboratorios, bibliotecas, salas de informática, escenarios deportivos y conectividad permanente, numerosas escuelas rurales funcionan en edificaciones deterioradas, con techos averiados, baterías sanitarias insuficientes, falta de agua potable y aulas multigrado donde un solo maestro orienta simultáneamente estudiantes de diferentes edades.

En muchas ocasiones, ni siquiera hay pupitres, ni siquiera hay tableros, ni siquiera hay elementos didácticos, ni siquiera hay cómo sobrellevar una carga educativa. Además, la diferencia no es únicamente física, también condiciona la calidad del aprendizaje y las posibilidades de permanencia escolar.

Es ahí donde nuestros maestros y maestras se convierten en héroes no tan silenciosos, porque entre sus capacidades, cualidades y talentos logran acondicionar un espacio de clases para enseñarle al niño de preescolar, a la niña de segundo, al niño de tercero y a los dos compañeritos de cuarto y quinto. Es ahí donde la brecha de la educación urbana y la educación rural sigue siendo enorme.

Para el directivo Francisco Romaña Romaña, secretario de Cultura, Deportes y Recreación de la organización sindical ADIDA, la brecha consiste en tantos factores que cuando el Estado logre ponerse de acuerdo, ¿dónde están las verdaderas necesidades de la educación?, tal vez esta brecha pueda encogerse.

La siguiente es la posición que el docente y directivo Francisco Romaña tienen sobre la brecha entre la educación rural y la educación urbana.

 

“La brecha que existe entre lo urbano y lo rural se debe mirar de diferentes aristas o de diferentes posiciones. Una es teniendo en cuenta el acceso a la educación, el de la zona urbana a veces tiene dificultades para acceder porque los cupos no son tantos frente a la demanda que hay de estudiantes.

Y lo segundo, en otro aspecto es las posibilidades y oportunidades que tiene el de la zona urbana frente a la zona rural. Un ejemplo en cuanto a la tecnología, a las aulas, al mejoramiento de la infraestructura educativa le va a mejorar de la zona urbana.

Porque el Estado, llámese nación, llámese departamento, municipios, a veces se olvida un poco de la infraestructura educativa rural y no le presta mucha atención. En unas oportunidades porque algunas escuelas fueron construidas inclusive por la misma comunidad y no por el Estado.

Fueron construidas en territorios que concedió, cedió, regaló un señor que tenía territorios en la parte rural, pero en la parte urbana, la gente presiona para que le hagan las mejoras, porque el recurso que llega por gratuidad educativa alcanza más en un colegio urbano que tiene 1000, 2000 estudiantes o tiene 800 frente al recurso que puede llegar a una escuela rural que tiene 20 alumnos.

Otra de las brechas que insisten es la permanencia del docente, o sea, la estabilidad del docente en la zona urbana es más o es mejor que el de la zona rural. En la zona rural a veces se puede demorar uno o dos meses sin llegar un maestro.

Y para la misma comunidad rural llegar hasta la zona urbana, a hacer reclamaciones, a escribir, a montar derechos de petición, tutelas, le es más complejo que al de la zona urbana. En la zona urbana el profesor que está enfermo y la gente una vez pega el grito porque le hace falta el docente al estudiante y llega, lo mismo con la situación de mobiliarios.

Los mobiliarios de la zona rural a veces son pupitres que los mismos padres de familia hacen. Y es muy demorado entregar una dotación a la zona rural. Entonces, en la zona urbana tienen muchas facilidades a veces del acceso a un televisor, el acceso a internet, etc.

Entonces, el estudiante que está en la zona urbana tiene todas esas otras posibilidades de tener una conexión a internet, llevar un portátil, llevar una tablet, llevar el celular y mantenerse conectado, mientras que el de la zona rural pocón pocón, entonces, situaciones como esas son las que limitan y permiten decir hoy que sigue habiendo una brecha entre el estudiante que está en la zona urbana frente al estudiante que está en la zona rural.

El morral no está cargado de la misma manera. A veces inclusive hasta el PAE para que llegue a la zona rural son inclemencias. Hay que llevarlo en un carro hasta tal parte, luego en una lancha, después camino de herradura o lo contrario.

O en la embarcación, o el móvil que la lleva hasta la orilla de una montaña donde la cogen en un caballo y luego ese caballo la deja hasta la orilla de un río para que de ahí la lleven en canoa. Entonces son las dificultades que se presentan hoy frente a los estudiantes que están en la zona rural y los estudiantes que están en la zona urbana. Y no solamente los estudiantes, sino hasta el mismo docente. El mismo docente que está en la zona rural a veces no sale de la zona rural a la urbana cuando quiere o cuando debe, sino cuando las inclemencias del tiempo así se lo permiten”.

De acuerdo con estudios recientes, cerca del 79,8% de las instituciones educativas rurales del país no disponen de acceso a internet y conectividad y alrededor del 60% carece de aulas de informática. En contraste, la mayoría de colegios urbanos sí cuenta con estos servicios.

La pandemia, por ejemplo, evidenció esta realidad cuando miles de estudiantes rurales debían caminar varios kilómetros para encontrar señal en algún dispositivo celular de sus familiares o recibir las guías impresas porque no tenían conexión, ni dispositivos tecnológicos para asistir a clases virtuales. A estas dificultades se suma también la escasez de docentes especializados y la alta rotación del personal educativo.

Muchos maestros aceptan plazas rurales enfrentando largas distancias, vías en mal estado, dificultades de seguridad y escasos incentivos para permanecer durante varios años en el territorio. La consecuencia es una constante interrupción de los procesos pedagógicos y la dificultad para consolidar proyectos educativos de largo plazo.

Enseñar en el campo implica mucho más que impartir conocimientos, significa convertirse en orientador, psicólogo, líder comunitario y muchas veces en el único representante permanente del Estado.

Para la directora de educación del municipio de Puerto Nare, Aylem Milena Cadavid, las brechas entre la educación rural y la educación urbana están basadas también en la falta de pertinencia por enseñar correctamente lo que se debe en el territorio, pero no solamente eso, sino también en las garantías que el Estado debe brindar.

“Pues constantemente o a menudo siempre me preguntan lo mismo, dónde está el verdadero hueco, que yo no lo llamo brecha sino hueco, entre la educación rural y la urbana. Pues yo sí le diría que más allá de los indicadores y las cifras que manejamos digamos en la Dirección de Educación, creo que ese hueco, esa brecha se siente es en el día a día, en la vida de los estudiantes y sus familias.

Lo que yo veo, lo que yo noto desde mi rol es el sentido de pertenencia y voy a hacer una comparación hablando de lo urbano más que todo me voy a basar es como en la ciudad. En la ciudad los chicos digamos sienten que el colegio los prepara para un futuro que ven todos los días alrededor, en el campo a veces parece que la escuela vive en un mundo paralelo.

Yo siento en lo personal que no les estamos enseñando para que amen y potencien su propio territorio, sino que quizás sin querer los estamos empujando a pensar para que ellos sean alguien y que tengan que irse a la ciudad. Ahora bien, es también la soledad del docente.

Yo como docente no sé por qué por estas cosas de la vida Dios nunca me puso en el área rural, que de alguna manera siento pasión, ganas y envidia también de alguna vez estar en la parte rural. Yo valoro profundamente a los maestros rurales.

Ellos hacen magia con los recursos mínimos, mientras que en lo urbano el profe tiene más apoyo, más pares con quién discutir una idea y mayor cercanía a capacitación. En lo rural el docente muchas veces se siente solo, y esa falta de apoyo termina digámoslo así, pesándole al estudiante.

La brecha digamos de las oportunidades reales, todo esto es frustrante ver que de pronto por vivir lejos de un centro urbano un joven pierda oportunidades de educación superior o técnica, simplemente por el costo del transporte o por falta de una oferta cercana. Además, no es la falta de talento, es falta de acceso y eso es algo que nos tiene que doler

Ahora bien, la conectividad no es solo internet, no es solo poner computadores y tener buena señal. La brecha es que en la ciudad los chicos están bombardeados de estímulos y recursos, mientras que en lo rural la educación depende casi exclusivamente de lo que pasa dentro del aula.

Si el profe por decir, llegara a fallar, no hay recursos, no hay un plan B alrededor. Mientras que en la ciudad o en lo urbano tenemos más posibilidades de todo, haciendo pues como como una comparación, que suelen ser odiosas las comparaciones.

Yo sí tengo algo muy claro y en lo personal, yo no quiero urbanizar lo rural, porque el campo es nuestra fuerza. La meta no es que el chico de la vereda quiera ser como el de la ciudad, ni mucho menos, obvio. Quisiera que los chicos tuvieran las mismas oportunidades para brillar en su propia tierra.

Y le cuento pues algo así como muy personal, mi sueño como directora es que la escuela sea ese lugar donde ellos descubran que tienen todo para triunfar, que se sientan valorados y que al final se sientan profundamente orgullosos de lo que son y de dónde vienen”.

Por su parte también hay que ser consecuentes y los programas sociales han permitido alivianar parcialmente algunas desigualdades. El programa de alimentación escolar, el transporte escolar, los subsidios de permanencia y algunas estrategias de gratuidad educativa han evitado que miles de estudiantes abandonen las aulas por razones económicas.

Sin embargo, en numerosos municipios estos programas enfrentan problemas de cobertura, retrasos en su ejecución, dificultades de logística o insuficiencia presupuestal, especialmente en las zonas más apartadas donde el acceso por carretera resulta complejo durante el invierno. Experiencias territoriales muestran que el fortalecimiento del transporte escolar y la alimentación contribuyen de manera importante a reducir la deserción escolar.

Otro fenómeno que afecta la educación rural es la disminución de la natalidad y el despoblamiento del campo. Cada vez nacen menos niños en muchas veredas debido a la migración hacia las ciudades y a la búsqueda de mejores oportunidades laborales. Como consecuencia, numerosas escuelas reducen su matrícula o incluso cierran sus puertas obligando a los estudiantes restantes a desplazarse a mayores distancias para continuar estudiando.

Los testimonios de comunidades rurales coinciden en un mismo diagnóstico. Los niños no abandonan la escuela porque no quieran estudiar, la abandonan porque estudiar en el campo exige vencer obstáculos que pocas veces enfrentan quienes viven en las ciudades. Un estudiante rural puede invertir diariamente más tiempo en llegar a clases que el que dedica a realizar sus tareas en casa.

Un docente puede recorrer horas por carreteras destapadas para enseñar a menos de 10 estudiantes. Una familia puede decidir entre comprar útiles escolares o garantizar la alimentación del hogar. Cerrar esta brecha exige una política pública integral y sostenida.

Expertos y organismos educativos coinciden en la necesidad de aumentar la inversión en infraestructura escolar rural, garantizar conectividad de alta calidad, fortalecer los programas de alimentación y transporte escolar, ofrecer incentivos para atraer y retener docentes, ampliar la cobertura de educación media en los territorios, modernizar los modelos pedagógicos rurales, mejorar las vías terciarias, fortalecer la seguridad en zonas afectadas por el conflicto y diseñar currículos más acordes con las vocaciones agrícolas, ambientales y productivas del campo colombiano.

La educación rural no debería ser entendida como un problema exclusivo del campo, sino como un desafío nacional. Cada escuela que permanece abierta en una vereda representa una oportunidad para evitar el desplazamiento, disminuir la pobreza, fortalecer la producción agropecuaria y construir paz.

Mientras un niño de la ciudad y otro del campo no tengan las mismas posibilidades de aprender, acceder a la tecnología, permanecer en el sistema educativo y soñar con un futuro digno, Colombia seguirá teniendo dos realidades educativas profundamente distintas. Reducir esa distancia no solo significa construir más escuelas, significa construir un país donde el lugar de nacimiento deje de definir las oportunidades de toda una vida.

 

La Institución Educativa Antonio Nariño,  comprometida con la educación y el aprendizaje técnico

Con modestos pupitres y en los garajes del municipio, en 1956, se iniciaron las labores en el Colegio de Varones Antonio Nariño de Puerto Berrío, con un grado de primero de bachillerato, que estuvo bajo la dirección académica del profesor Francisco Castaño.

En ese primer albor del Colegio, fueron artífices el párroco Pablo Villegas López y el personero de la época, logrando que el Concejo Municipal lo creara bajo el Acuerdo N° 52 del 30 de diciembre de 1955; pero a su vez, también apareció con todo su respaldo la Alcaldía, ente que empezó pagando el salario del director y acondicionando nuevos espacios de su propiedad, para convertirlos en aulas para la población estudiantil creciente del puerto.

Transcurrieron once años desde su fundación, hasta que la institución que nació como un espacio físico para la educación de los porteños de este municipio del Magdalena Medio, pasó a ser un Colegio Departamental bajo Ordenanza de la Honorable Asamblea en 1967. Dos años más tarde, y al terminar su construcción, las nuevas instalaciones del Antonio Nariño, fueron la sede que actualmente ocupa el colegio.

Sin embargo, el dato más curioso de este plantel educativo, tiene que ver con el continuo cambio de nombres. Pues luego de llamarse Colegio de Varones y Colegio Departamental; en 1971 bajo la ordenanza 42 del 23 de noviembre, fue denominado Liceo Departamental Integrado Juan de Dios Arango; más tarde, con el decreto 0182 del 18 de febrero de 1972, recibió el nombre de Idem Antonio Nariño; pero de acuerdo a la circular departamental 37 del 6 de agosto de 1996, su nombre fue el de Liceo Antonio Nariño, el cual conservó hasta el 7 de noviembre de 2001. A partir del 8 de noviembre de ese mismo año y mediante resolución departamental 8800, lleva el nombre actual de Institución Educativa Antonio Nariño, hecho ocurrido al fusionarse con las escuelas urbanas Enrique Olaya Herrera y Arnulfo Castro Torres,  mediante la resolución departamental Nº 0652 del 3 de febrero de 2003.

El Antonio Nariño, como lo conocen todos sus egresados y demás habitantes de Puerto Berrío, tuvo en sus inicios solo la modalidad de bachillerato clásico, que duró hasta 1975, año en el que se implementó el bachillerato pedagógico que duró diez años. Desde 1985 se dio paso a la diversificación educativa con las modalidades de bachillerato en Ciencias Humanas, Ciencias Naturales, Pedagógico e Industrial, este último con especialidades en ebanistería y modelería; dos años más tarde, se le adicionó el bachillerato académico en la jornada nocturna.

Dichas modalidades estuvieron presentes durante diez años, tiempo en el cual hubo un sinnúmero de graduaciones; sin embargo y después de atender requerimientos del orden nacional y haciendo caso de la Ley General de la Educación, 1995 sería el último para las  promociones de dichas modalidades; a partir de ese mismo, se inició la educación media académica con especialidad en Humanidades y Ciencias Naturales; Educación Media Técnica con énfasis en Industrial con la especialidad de ebanistería y modelería, continuando con el bachillerato académico o clásico, pero solo en la jornada nocturna.

A partir del año 2001 terminó el proceso de las modalidades y quedó únicamente la educación media académica. Pero el otro dato importante del Antonio Nariño, tiene que ver con su planta de personal administrativo, directivo y docente, pues aproximadamente el 90% de ellos son egresados de la Institución y hasta el día de hoy, este plantel educativo sigue siendo protagonista en la gestión y el desarrollo económico, político y social del municipio y la región.

Desde el año 2007, la Institución Educativa asumió el compromiso de brindar educación media técnica, a través de convenios con la Secretaría de Educación y el Sena, logrando ser así, uno de los primeros 15 planteles del departamento en entregar esta atención, que hasta el día de hoy, se mantiene en la modalidad de Industria y Comercio.

Otro de los logros importantes es la ampliación de la planta física de la sede Arnulfo Castro Torres, dejando allí solo en funcionamiento la básica primaria. Así mismo, el Antonio Nariño tiene semilleros de robótica y ajedrez, cuenta con psico-orientación escolar y emisora estudiantil con diferentes programas como conexión joven y conéctate con el Liceo.

Ya son casi 70 años ininterrumpidos de educación los que la Institución Educativa Antonio Nariño, le ha entregado a miles de porteños, a través de conocimientos y valores para su formación personal y profesional, de cara a las realidades de la vida.

Arbey asegura que su clarinete es el rey con el que regala melodías de su pacífico al mundo

En Condoto la música hizo de las suyas con Arbey Mosquera Torres, tanto es así, que el sueño que siempre tuvo este docente de lengua extranjera, fue aprender a tocar un instrumento para hacer parte de la chirimía de su municipio, y poder participar en las fiestas patronales de esta población chocoana.

Arbey es licenciado en inglés y francés de la Universidad del Chocó y actualmente docente de la Institución Educativa Avelino Saldarriaga, de Itagüí; pero su sueño siempre fue el de convertirse en músico, lastimosamente en su departamento no encontró esta carrera y su mente lo llevó a interpretar profesionalmente otras lenguas. “Para aquella época conté con el infortunio de que no había la carrera de música en la universidad, entonces me tocó acercarme a otra carrera, pero inicialmente esa era mi expectativa, convertirme en músico y servir al folclor de mi comunidad, el folclore del Chocó, a la Chirimía”, asegura el profesor.

En la música, Arbey ajusta 30 años de experiencia desde sus primeros pasos musicales en el pacífico colombiano y en la docencia, ya son más de 15 dictando clases en instituciones públicas. Y es por eso que él no duda en aseverar que la música es la herramienta que lo ha acompañado desde la escuela, “desde que estaba en noveno u octavo grado en mi colegio Luis Lozano Cipión de Condoto, desde ahí comencé a cultivar esa pasión por la música, a interesarme por el folclore”, añade.

Y sí, estando allí, viendo y siguiendo los pasos del maestro Iber, quien para esa época interpretaba el clarinete, y del maestro Martín Villa que lideraba la agrupación de chirimía del colegio, fue que Arbey, no tuvo otro camino, sino la música y el clarinete, “porque el clarinete es el instrumento más representativo de la chirimía”, aclara y sigue contando que, “el clarinete y sus melodías son en la chirimía, como el rey. Sobresale, es el que lleva la batuta, entonces eso a mí me cautivó desde que acompañaba los recorridos, las comparsas y las fiestas patronales con la Chirimía”, recalca.

El profe Arbey, asegura que se dedicó al clarinete porque lo considera un instrumento bonito y está dentro de la Chirimía, que es la música representativa del chocó. Arbey Mosquera le ha regalado 30 años de su vida, a su pasión, la música, porque él mismo reconoce que, además, esta “apareció en un entorno donde ocurrían eventos de violencia, donde uno estaba sometido a diferentes vejámenes, la música nos acompañaba de niños, de jóvenes, de adolescentes en nuestro proceso de manejo de emociones. La música era esa compañía, ese complemento para uno ir forjando futuro, para uno ir sobrellevando las diferentes situaciones para uno emprender sus proyectos, sus luchas”.

Y la música sin duda, es la esencia del pacífico colombiano, los sonidos transmiten o reflejan los sentimientos de sus pobladores, independiente de cuáles sean las circunstancias. En cada pueblo del Chocó hay muchas raíces y se forman muchos grupos, por ello, Arbey siempre estuvo contagiado del sabor de Bamba Negra, pero a su vez recuerda también al maestro Carlos Ibarguen y su capacidad y conocimiento con el saxofón, por eso atina a decir que la tuvo difícil, “yo tenía dos instrumentos y tenía que escoger entre el saxo y el clarinete y terminé enamorado de la dulzura de este último, porque con sus melodías, se va dibujando parte de la historia de mi pacífico”, expresa.

Y fue en el camino que Arbey adquirió conocimiento y amor por la música, pues no fue solo uin capricho de la chirimía de su pueblo, sino que también en su etapa universitaria en Quibdó, contó con la compañía y apoyo del maestro Cecilio Lozano, hermano del director Alexis Lozano, “tuve en él a un gran maestro que me condujo en el reconocimiento armónico y con él pude mejorar muchísimo”, añade.

Debido ya a su gran capacidad armónica y amor por sus sonidos, el profe Arbey tuvo la oportunidad de compartir junto Bamba Negra y Raíces, ambas agrupaciones de Condoto, con las que participó del Festival de Música del Pacífico. Pero en Quibdó también hizo parte de Ritmoson, logrando ganar el anterior Festival. En Medellín, su clarinete se ha unido a los sonidos de Son Batá, Batá Orquesta, Son Chiribanda, Los Reyes de la Chirimía y en Itagüí con la agrupación Son Profes. 

“Una gran expectativa que teníamos desde jóvenes, era participar del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez en Cali. Era algo para lo que nos preparábamos, para lo que ensayábamos constantemente, por lo que soñábamos, entonces, también se nos hizo realidad participar ahí en múltiples ocasiones e incluso ganarlo y quedar de segundo. Porque hay que decir que también teníamos como referente un grupo de Condoto, que solía ganar o quedar en instancias finales de este festival, así que era parte de nuestro anhelo y son anhelos cumplidos, hasta casi convertirnos en embajadores de la música del Pacífico en diferentes lugares y diferentes ciudades”, expresa con total satisfacción.

El profe asegura que la música se lee, se escribe, se interpreta y eso tal cual le sucede con los idiomas. “Yo he logrado utilizar el currículo expandido y el currículo oculto, implícito para poder poner la música en el escenario educativo. En todas las instituciones donde he enseñado, he podido participar de agrupaciones musicales, crear agrupaciones musicales, llevar la música como una forma de motivación para que los estudiantes exploren sus emociones, exploren proyectos y lo tengan como una posibilidad de vida. Entonces, siempre nos hemos unido con otros docentes y estudiantes para crear orquesta y así mantener siempre la música viva en las instituciones como una posibilidad”, precisa.

Pero es que los sueños son para cumplirlos y aunque no se den siempre como uno los ha planeado, la vida le va mostrando las formas y los contextos en que pueden llegar. La música lleva tres décadas en su vida y el no haber salido de un conservatorio, no ha sido impedimento para lograr los objetivos con su clarinete. Por eso en la memoria del profe Arbey está, no solo el hacer parte de varios grupos, sino de participar en grandes eventos como solista, y él en su mente tiene el recuerdo de uno muy especial en su vida. “Participé como invitado de Jackson Mosquera que había participado en el Factor X. Él fue invitado por Carlos Vives y Carlos Vives había invitado a la maestra Teresita Gómez. Yo recuerdo que participé de ese evento. Estar con la maestra Teresita fue uno de los momentos mágicos porque tengo gran admiración por ella por lo que ha sido su historia y por lo que ella ha forjado a nivel musical en el mundo”, cuenta con una felicidad inmensa.

Sin embargo, hay más sueños en su vida, uno de ellos y que el profe espera que se le realice, es el de ver que las instituciones puedan recobrar la cátedra de música, que la incorporaran dentro del currículo nuevamente y ser parte del ejercicio de reconstrucción de la música en los colegios.

Además, quiere participar con su agrupación Bata Orquesta, en diferentes eventos fuera del país, llevar el folclor y la música colombiana, la música del Pacífico, a otros lugares y “poner a la gente a vibrar con nuestra música y la interpretación de nuestro clarinete”.

Aunque ser músico profesional era el gran sueño del profe Arbey, como lo relata, “yo quería convertirme en músico y dedicarme a la música. No solo porque me hacía sentir bien y me permitía manejar mejor mis emociones, yo me transportaba cuando tenía el instrumento en mano, sino también porque veía allí una posibilidad de crecer con la música, de vivir de la música”, él sabe que nunca ha dejado el instrumento y que ha logrado combinarlo con la interpretación de lenguas extranjeras, que son sus dos pasiones y sueños cumplidos.

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El Liceo de Puerto Nare, una historia tejida con pasión y amor

Una luna de miel permitió que avanzara la educación en Puerto Nare. Sin recursos, pero, llenos de vocación por la docencia, dos personas se empeñaron por brindarle a esta población hace 61 años, la posibilidad de tener un espacio físico donde seguir educando a sus niños y jóvenes, para ese entonces, solo había hasta tercero de primaria.

Para noviembre de 1963, y a La Magdalena sin ser aun municipio, llegaron Enrique Díez Rojas y Lidia Garcés García, como una pareja recién casada a pasar unos días de descanso, pero lo que nunca imaginaron, es que pasarían allí no solo una luna de miel, sino algunos años de su vida marital. Esa estadía se convirtió en un regalo maravilloso para los habitantes de esta población a orillas del río Magdalena, pues su permanencia en el territorio, les dio para liderar de forma altruista, la fundación del colegio de esta localidad.

Cuando la pareja llegó a la población ribereña del magdalena medio colombiano, se desarrollaba en ese momento una campaña denominada Promunicipio, en la que ellos decidieron participar e involucrarse hasta alcanzar el propósito comunal de los habitantes.

Sin embargo, antes de dicho acontecimiento y de que La Magdalena obtuviera bajo ordenanza la categoría de municipio, Enrique y Lidia, les entregaron a los habitantes de esta población de tres calles y unas cuántas viviendas, el colegio municipal de educación, al que llamaron Carlos Arturo Duque Ramírez, en homenaje y memoria al sacerdote nacido allí, que había fallecido en diciembre de 1963, en un accidente de tránsito en la ciudad de Medellín.

La campaña Promunicipio, también buscaba dentro de sus objetivos, la consecución de un espacio físico para la enseñanza y el aprendizaje, fundando un colegio en el territorio, lucha a la cual y tristemente no se unió el sacerdote Gildardo Rivera, quien venía desilusionado del municipio de Puerto Boyacá, donde participó en un proceso similar, sin recibir el apoyo necesario. 

Enrique Díez y Lidia Garcés, eran para ese momento, docentes en el municipio de La Estrella, pero el sueño que fueron montando en Puerto Nare y que lograron convertir en una realidad, los enamoró tanto, que decidieron llamar a la institución en la que laboraban para decir que no guardaran más sus plazas, y que dispusieran de ellas, porque ya habían encontrado una tarea más importante que desarrollar en otro lugar, por eso no lo pensaron mucho y decidieron quedarse, y fue así como el 7 de febrero de 1964, fundaron en una casa arrendada con tres habitaciones propiedad del señor Jesús Ramírez para aquella época  y hoy propiedad del señor Nicolás Montoya, con un decreto provisional, el colegio para los lugareños de La Magdalena.

Junto a Lidia, Enrique, quien antes de hacer parte de la orden de los hermanos Lasallistas, llevaba el nombre de Ricardo, abrió por fin las puertas para atender a 45 alumnos en los grados de cuarto y quinto de primaria, quienes antes solo podían cursar hasta tercero, por eso es que don Enrique, fundador del colegio cuenta que, “solo el que tenía modito se podía ir a Puerto Berrío”.

La casa de tres habitaciones que se abrió para que sirviera de espacio educativo, y que además contó con algunos muebles que el señor Enrique Díez compró de segunda en La Estrella y que fueron reparados en La Magdalena, tuvo a Lidia como secretaria y maestra al mismo tiempo, también los acompañó el sacerdote Gildardo Rivera con la catedra de religión, Ricardo estuvo al frente de sociales y otras materias, y además, cumplió las funciones de rector. Junto a ellos estuvieron también los docentes Pablo Espitia y Rosalba Delgado, con los que completaron las materias que enseñaban.

A los tres meses de la apertura de la escuela, llegaron los visitadores de la Secretaría de Educación Departamental, con el propósito de inspeccionar el funcionamiento del centro educativo y al encontrarse con un buen nivel de enseñanza, orden y disciplina, les fue otorgada la licencia de funcionamiento oficial número 64, con una carta de felicitaciones incluida.

Luego de crearse los grados de primero y segundo de bachillerato, se vincularon como docentes, Rodrigo Mejía e Ignacio Conde Castro, este último, se convirtió en el primer profesional que tuvo el municipio de Puerto Nare, titulándose como economista de la Universidad Nacional, sede Medellín.

Con la pensión de 30 pesos que pagaban en aquel momento los estudiantes, se realizaba el pago de la nómina de los profesores, pues el mantenimiento del colegio, corría por cuenta de los padres de familia y de algunas personas de buenos recursos quienes realizaban sus aportes generosos. Los alumnos en su gran mayoría, llevaban los pupitres y sillas que utilizaban.

El colegio en el que también vivían don Enrique y doña Lidia, solo estuvo allí por un periodo de doce meses, pues para el año de 1965, empezó a funcionar en el terreno, donde actualmente se encuentra la Escuela San Luis Beltrán y que pudo iniciar su construcción, gracias a los reinados infantiles que se organizaron y que generaron algunos recursos; así como a las donaciones de habitantes. Los terrenos donde funcionaban las canchas, fueron donados por la Hacienda La Unión ya condicionados por los estudiantes.

El colegio Carlos Arturo Duque Ramírez, cerró sus puertas en noviembre de 1966, por dificultades económicas, pero dejó a la comunidad, con la inquietud sembrada de lo qué sucedería en adelante, pues no era justo perder el centro de enseñanza secundaria. El local y demás implementos, fueron entregados a la parroquia San Luis Beltrán a cargo del sacerdote Gildardo Rivera, quien recibió de don Enrique el sueño educativo de La Magdalena, con 100 alumnos aproximadamente.

Para 1967, La Magdalena ya no contaba con enseñanza secundaria y en 1968 ya siendo municipio del departamento de Antioquia, se creó el Liceo Departamental Integrado La Magdalena, bajo la ordenanza Nº 33 de 1968, iniciando labores al año siguiente con 39 alumnos en primero de bachillerato y otro tanto en el segundo nivel, ubicado en el local donde funcionaba el Rancho Ferretero, teniendo como docentes, directivos y administrativos, a las siguientes personas: Javier Salazar (rector), Aydé Pino (secretaria-profesora), Miguel Palacio, Hugo Blanquiced y Gildardo Rivera (presbítero-profesor).

Desde el año 1971 se continuó con la creación de los otros grados, tercero de bachillerato para ese año, y cuarto en 1974; para 1975 Neftalí Jiménez creó el himno del colegio y el grado quinto de bachillerato llegó en 1977 (en este mismo año, el colegio cambió de sede a su anterior local) y para 1978 se completó la enseñanza con el grado sexto de bachillerato. Así mismo se creó la biblioteca con 560 libros, bajo la dirección de la señora Elvia Patiño de Álvarez, quien estuvo hasta el 2009. También para ese año, el profesor Juan de Dios Yalí Rico, creó el periódico liceísta y se publicó la primera edición con el nombre de Juventud Estudiantil en Marcha, el impreso solo duró un año, hasta el retiro del plantel del docente.

Y en este mismo año, luego de la visita nacional, se aprobó bajo resolución 20401 del 27 de diciembre los estudios secundarios; teniendo su primera graduación con las firmas de la rectora Estella Quiceno y la secretaria Virginia Arroyave en los diplomas de:  Acevedo Enel de Jesús, Bautista Ortiz Hugo, Castrillón Carmona Julio, Conde Castro Julio, Gutiérrez López Flor María, López Villa Flor Enith, Murillo Ramírez Diocelina, Padilla Jesús Enoc, Ramírez Mahecha Luis Alfonso, Ríos Pineda Alquiver, Sepúlveda Escobar Flavio, Vásquez Nohaba Raúl, Vergara Padilla Gladis.

Para 1982 y a través de concurso, se creó la bandera y el escudo del Liceo, resultando como ganador el estudiante Orlando Arenas, hoy destacado maestro de artes.

Bajo el decreto 1382 de 1985, el colegio volvió a obtener su antiguo nombre, pasando de llamarse Liceo departamental La Magdalena a Liceo Departamental Carlos Arturo Duque Ramírez y para el año siguiente, el Liceo empezó sus labores en las instalaciones que ocupa actualmente como local propio, gracias a los aportes hechos por el honorable Concejo Municipal y la Secretaría de educación departamental.

Para el año 2014 en la celebración de los 50 años de vida educativa, la planta estudiantil ascendía a 1300 alumnos, fue sede de la semifinal de las Olimpiadas del Conocimiento y dos de sus estudiantes, para la época, hicieron parte de la Selección Antioquia del Conocimiento, hoy en sus 61 años de labores educativas, el Caradura, como le dicen por el acrónimo que se forma con su nombre, cuenta con un poco más de 500 estudiantes, presentando una deserción por diferentes factores.

De este hecho histórico, ya han transcurrido más de seis décadas y por sus salones han pasado cientos de estudiantes, que han logrado en su camino alcanzar sueños y no dejar de batallar en sus propósitos de ser profesionales.

Fotos: I.E. Carlos Arturo Duque Ramírez

Educación e investigación, el camino pedagógico de los docentes en las instituciones

En Medellín, los procesos de investigación escolar se han convertido en una herramienta esencial dentro de las instituciones educativas públicas. Más allá de la transmisión de conocimientos, los docentes están llamados a fomentar en los estudiantes la curiosidad, el pensamiento crítico y la capacidad de resolver problemas del entorno.

Estos ejercicios, que van desde proyectos de aula hasta semilleros de investigación, buscan acercar a los jóvenes a la realidad de sus comunidades, generando propuestas innovadoras que respondan a necesidades sociales, culturales y ambientales.

Así lo viene desarrollando la Institución Educativa Carlos Vieco Ortiz del barrio San Javier en la Comuna 13 de Medellín, pues a través de encuentros y equipos de investigación, buscan que la educación de su entorno, sea un camino de transformación y crecimiento. Teniendo en cuenta el trabajo que como comunidad educativa realizan con los docentes y estudiantes.

La Institución culminó el Segundo Encuentro de Investigación Escolar en el Centro de Innovación del Maestro en Medellín, Mova, al que denominó “Radiografía docente, sembrando futuros investigadores” y que contó con un grupo de panelistas que centraron su postura en la necesidad de crear más espacios de encuentro y desarrollo entre docentes y estudiantes y en la pertinencia de ir enfocando claramente a los alumnos y a los maestros a no tenerle miedo a las apuestas, el conocimiento y la diversificación de temas e investigaciones.

Para la docente Catherine López, del equipo de investigación de la Institución, “este es un desafío como docentes, pero también es un reto para atraer a los estudiantes y por eso delegamos unos líderes por transición, primaria, secundaria y media y aquí queda claro que nosotros buscamos involucrar toda la comunidad educativa y pues ya logramos institucionalizar una hora semanal para la asesoría y trabajo con nuestros estudiantes; sabemos que no es un trabajo perfecto y que estamos en construcción”.

La investigación debe promoverse de todas las formas en la educación, pues con ella se busca impulsar a los maestros y alumnos para que participen de encuentros, seminarios, talleres y demás, presentando iniciativas que se puedan convertir en procesos organizados de investigación.

“Este encuentro nació en el 2024 como necesidad de invitar a los docentes a la reflexión de nuestra práctica pedagógica y que los procesos investigativos, nacen desde la primera infancia, pues es el momento en el que los niños exploran, descubren, aprenden y construyen nuevo conocimiento”, asegura la docente de la Institución Educativa Carlos Vieco Ortiz, Melisa Piñeros Osorio.

Durante la jornada a la que no asisten solo maestros de esta institución, sino de otros colegios públicos de la ciudad, se desarrollan charlas donde lo protagónico, es la conexión que deben fomentar los docentes con sus estudiantes para que puedan generar procesos investigativos dentro de las aulas y que dejen de ver la investigación, como un enlace con las ciencias, las matemáticas, la física o la química, y se introduzcan en procesos de investigación de carácter social y humano también.

Para el docente y licenciado en filosofía, Jhon Edison, “los espacios de trabajo de investigación son muy gratificantes y reconozco esa labor que vienen haciendo desde las instituciones, porque creo que el componente de educación es un componente necesario e importante para poder desarrollar procesos de mayor impacto. Así mismo, hay que incentivar una pedagogía del asombro, tener el reconocimiento como posibilidades donde yo como docente, mi pasión, mi gusto de poder hablar de eso que me apasiona, me termina conectando con los estudiantes y al final ese es el proceso de la investigación, conectar, explorar el mundo, generar alternativas de solución y todo en el marco de la educación que me parece que en la ciudad de Medellín es una apuesta muy importante que se está haciendo”, precisó.

En estos escenarios, los estudiantes tienen la oportunidad de visibilizar sus trabajos, fortalecer competencias comunicativas y científicas, además de apropiarse de una cultura investigativa desde temprana edad. Para los docentes, este proceso representa un desafío, pues deben combinar la enseñanza tradicional con metodologías activas que motiven a los jóvenes y hagan de la investigación un espacio atractivo.

De otro lado, la licenciada en español y literatura y panelista del segundo encuentro de Investigación Escolar, Mariel Bacca, es necesario que los docentes investigadores piensen cómo articular a toda la comunidad educativa en la investigación escolar. Es claro que se debe preguntar qué y quiénes están comprometidos con el proceso, qué roles y qué responsabilidades se están realizando y también identificar cuáles son las necesidades en pro de esa apuesta por la investigación.

“Es apremiante establecer si los docentes van a trabajar investigación escolar o van a trabajar aprendizaje basado en proyectos, o van a trabajar aprendizaje basado en retos y cómo eso puede ajustarse a las necesidades propias de cada institución educativa, pero también es super apremiante, que los equipos directivos de las instituciones faciliten los espacios para la formación de los docentes y estudiantes en la investigación escolar”, señaló Bacca.

Más allá del ámbito académico, los proyectos de investigación en las escuelas oficiales cumplen un papel transformador en la sociedad. Permiten que los estudiantes se conviertan en actores propositivos dentro de sus barrios, identificando problemas cercanos y proponiendo soluciones creativas y viables. De esta manera, la investigación escolar trasciende los muros de la institución, formando ciudadanos críticos, conscientes y comprometidos con la construcción de una ciudad más incluyente y sostenible.